El sentido estético de la existencia humana

  1. Bonet Cañadell, Ángel
Dirigida por:
  1. Teresa Oñate Zubía Directora

Universidad de defensa: UNED. Universidad Nacional de Educación a Distancia

Fecha de defensa: 05 de febrero de 2016

Tribunal:
  1. Francisco José Martínez Martínez Presidente
  2. Ángela Sierra González Secretario/a
  3. Manuel Cruz Rodríguez Vocal

Tipo: Tesis

Resumen

A partir del segundo Heidegger asistimos a la estetificación del ser y a la ontologización de lo estético, en base a la cual, la existencia humana nos es desvelada como una finalidad sin fin e intencionalidad sin intención, que sin dejar de encontrarse adscrita a las exigencias del ámbito ético-moral de la oficialidad de la polis, brilla por sí misma como realidad en sí carente de fin e intención. La obra de arte es el escenario en que es puesta en operación la verdad del ente, de tal manera que tanto el Dasein como la obra de arte abren e instituyen un mundo. Al carecer de una esencia, ni el ser ni la obra de arte pueden ser cosificados, pues no son nada excepto la futurición de su poder-ser-más-propio. El sentido estético de la existencia humana remite a la experiencia íntima que no siendo susceptible de ser explicada, sino tan solo mostrada mediante el gesto, la mirada o la creación artística, acontece en el contexto de una Ontología estético-noética del Espacio­ Tiempo que declinando la sincronía con la diacronía, establece los correspondientes puentes de comunicación y sutura entre lo universal-abstracto y lo particular-concreto, permitiendo al ser humano transitar entre Escila y Caribdis, sin ser devorado por la abstracción del concepto ni ser engullido por las infinitas particularidades de las sensaciones y los afectos. En dicha ontología tienen cabida todos aquellos matices y particularidades que habiendo quedado siempre al margen del mundo de las Ideas, pueden por fin ser reconocidos en lugar de desaparecer engullidos dentro del tradicional conflicto dialéctico de opuestos. La existencia humana puede ser comprendida como un juego estético consistente en la creación de una Forma que aglutinando lo apolíneo y lo dionisiaco, viene a ser la plasmación sensible de una Idea cargada de Belleza, Bondad y Conocimiento por la relación que todos sus elementos guardan con el Todo. De este modo, quedan superadas las aporías de la existencia mediante las artimañas que los Dioses entregaron a los seres humanos con la finalidad de hacer habitable la tierra. Lo más intrínsecamente humano consiste en la capacidad para crear ficciones, construir castillos en el aire y elaborar ingeniosas metáforas cargadas de belleza, simulacros encaminados a sostener en pie una frágil y endeble El juego estético en el que se mueve la existencia humana guarda una estrecha relación con el Reino Milenario de Musil, en el que la wittggensteniana manera correcta de ver las cosas en su relación con el Todo, nos conduce a contemplar el mundo desde la inocente mirada de la infancia. Esto supone la adopción de una actitud contemplativa ante un mundo que careciendo de un por qué, tan solo puede ser vislumbrado en su como. Se trata entonces de una existencia que careciendo de razón y descansando sobre la absurdidad de su ausencia de fin, nos es desvelada como puro juego estético en el cual el ser es tejido con los hilos de seda de las distintas creaciones culturales y artísticas de la tradición de todos los tiempos. El ser al igual que la obra artística es un ser interpretado e infinitamente interpretable, en lo que es una Búsqueda de significaciones sin fin, dentro de un Tiempo-Espacio caracterizado por la triple regalía del tiempo en el presente, en el pasado que se encuentra presente bajo el modo de la ausencia, y en el futuro que no es más que la prolongación del pasado­ presente. En este aspecto, la existencia humana sigue la misma trayectoria que la creación artística, al transcurrir por una serie de etapas de conservación y de cambio en un diálogo infinito con la historia, confluyendo de este modo el parmediniano ente inmanente y el heraclitiano cambio constante. Tradición e innovación, cambio y permanencia constituyen las dos caras del ser, y en definitiva, del mundo. El sentido estético que caracteriza la existencia humana se encuentra directamente emparentado con el mundo de las infinitas sensaciones (aestesis), que precisan del concepto, la Idea, para no acabar siendo engullidas por el paso del tiempo, encontrando en la vivencia estética una inmejorable posibilidad de aunar en un mismo proceso, el mundo de la razón y la realidad sensible. Finalmente, la existencia viene a ser un juego de reflejos especulares a través del cual el ser va lentamente tejiendo sus redes en lo que es una relación de intimidad con la Otredad, entiéndase el ser amado o la creación artística, que siempre actuarán a modo de espejo para descubrir su fond sans fond, esto es, su oriente más profundo y lejano, por otra parte condenado a seguir siendo, de alguna manera, insondable y extraño.